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Sin senos sí hay paraíso

Un grito de dolor unió para siempre la vida de dos hermanas, dos Catalinas. Al momento de conocerse que Catalina “La Grande” había sido asesinada, Doña Hilda estaba embarazada de su tercera hija.

El impacto de la noticia le adelantó el parto, dando a luz a una niña a quien también llamaría Catalina, “La Pequeña”. Hilda y Albeiro, padres de la niña, acuerdan no permitir que con ella ocurra lo mismo que con la anterior, por lo que le pintan una línea amarilla en el umbral de la casa que tiene prohibido cruzar sola, con la advertencia de qué si lo hace, habrá tragedia y muerte.