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Aunque desde 1967 ya había televisores a color en México, en 1969 todavía no se extendía su uso, así que quienes contaban con uno eran considerados "privilegiados".

Por: Felipe Garrido / Redacción

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Cuando tenía 12 años vivía en la Colonia Juárez. En aquella época, quienes podían comprar una tele a color eran  considerados los "pipiris nice". Era otro México y todos los niños de la cuadra éramos amigos. Y como en toda pandilla, siempre había alguien que tenía coche, iba a una escuela particular y tenía TV a color, pero aun así era cuate.

En mi pandilla, ese cuate era el Pecas, un niño muy listo para los negocios, tanto que se convirtió en un importante empresario cuyo nombre omito por razones obvias.

Desde que compraron su tele a color, El Pecas nos invitaba a ver programas como Teatro fantástico, Perdidos en el Espacio, El tío Gamboín, la condición: que le pagáramos cinco centavos, de aquéllos que traían a Doña Josefa. Todos preferíamos sacrificar parte de nuestro domingo con tal de perdernos en aquella"pantallota".

Recuerdo que las Olimpiadas de 68 nos salieron muy caras, porque fueron muchos días, pero valió la pena porque pude ver el agua azul, azul que escurría en la cara del Tibio Muñoz cuando ganó la medalla de oro en la prueba de pecho. Por ser testigo de ese momento, no me importó tener que darle muchos de mis domingos al Pecas. Creía que sería la última vez, pues estaba seguro de que esa Navidad, Santa Claus por fin nos traería a mis hermanos y a mí, la tan esperada tele a color. Supongo que no fuimos buenos niños ese año porque tuvimos que esperar hasta 1970 cuando mi papá la compró para ver el Mundial de Fútbol, convencido de que ahora sí México levantaría la Copa en el Estadio Azteca.



Cuando el 16 de julio de 1969, el Pecas nos invitó a ver la llegada a la Luna, tuve que romper mi promesa. Como era todo un acontecimiento, nuestro cuate subió la cuota a 10 centavos. ¡Ni modo! Algunos creían que estábamos tirando el dinero, ¿para qué ver la tele a color si la luna era blanca? Confieso que tenían algo de razón, pero lo cierto es que la mamá del Pecas nos preparaba sándwiches, gelatina, palomitas, aguas de limón, ¡y todo por 10 centavos! Más barato que ir al cine.

Cuando llegó el gran día, a mi papá  -temeroso de que la llegada a la Luna marcara el fin del mundo -,  se le ocurrió tener una plática "hombre a hombre" conmigo, así que llegué tarde. Toqué la puerta con insistencia, ansioso porque no quería perderme detalle. Cuando la mamá del Pecas abrió, apenas la saludé y, sin voltear a verla, le entregué mi moneda de 10 centavos y entré corriendo. Más tardé yo en llegar a la sala, que la señora, en su papel de "pantera" -como las mamás de aquella época que no sabían de sicología ni les importaba-,  le pedía explicaciones al Pecas. Si no ha sido porque en ese momento Neil Armstrong dio su primer pequeño-gran paso en la Luna, seguro que mi cuate hubiera salido expulsado con rumbo a Marte.

El Pecas fue obligado a regresarnos todo el dinero que nos había cobrado. Según mis cuentas me quedó debiendo, pero seguimos siendo grandes amigos y lo mejor es que ya no me cobra por ver la TV.